23 diciembre, 2006

Señales

POETA PRÓXIMO

22 diciembre, 2006

Un viento me confesó...

Víctor Roura

Un viento me confesó,
en bajo murmullo,
su temor
de no dejar huella
a su paso

Sueños de Caín frente al espejo

Gabriel Otero

1
Caín durmió
después del asesinato
se soñó habitante
de tierras extrañas
se vio labrando desiertos
pletóricos de cadáveres
se imaginó fundando ciudades
con infiernos de plomo
y cielos de hielo
se sintió entraña
del becerro de oro
luego despertó
y su culpa
le hizo reptar eternamente
hacia el destierro.

2
En este valle
construimos la ciudad
creamos símbolos
dioses imaginarios
y uniones perecederas
para elegir la muerte
coronamos con laureles
a los herejes
nos creímos redimidos
por el aire respirado
y entonces
irrigamos la tierra
con la sangre
del hermano.

3
Esta tierra
es de nadie
de ninguno

cabe
como terrón
en la cuenca
de los ojos

esta tierra
no es
talismán
ni futuro

esta tierra
sólo
es polvo
que enturbia
el mirar.

4
Y después
de tantos años
descubrimos la república
y encendimos fuegos artificiales
el odio era el perdón
y el júbilo nuestra embriaguez
amanecimos con una resaca
de los siglos por los siglos
desde ese día
vagamos por las plazas
visitamos las ruinas
del sepulcro de Abel
extrañamos los cerros
los cuarteles
y aquella maravillosa
purga cotidiana
de la guerra.

5
Salve rey estado salve
tú que nos diste la paz
tú que erradicaste
nuestro afán de exterminio
tú que dicen reinarás
en el valle
por los siglos de los siglos.

6
Caín
patrono de nuestra fe
escúchanos
padre nuestro
que vives en esta tierra
que la hipocresía
nos sustente
que nos guíe
la venganza
que seamos
siempre
tu exquisita
estirpe.

7
Te creíste patria
la bienaventurada del mundo
decías usar el cielo
por sombrero
te enorgullecían
el monótono chisporrotear
de tus yunques
y las orgías sangrientas
en tus campiñas perpetuas
patria no te sonrojes
no eres exacta
como cantó el poeta
eres el odio
inconfesable
que cada uno de tus hijos
lleva adentro.

8
En este infierno
sacrificamos a los corderos
y no hay redención posible
para nuestra maldita sangre
somos seres esculpidos
por muñones leprosos
tenemos hambre de infamias
y la rabia nos consume.

9
Arrodíllense
en nombre de la paz
quien cometa la osadía
de levantar la cabeza
será decapitado
como antaño
y no sólo eso
su cerebro se asoleará
en la plaza cívica
para que la gente
le escupa
y por supuesto
escarmiente.

10
Queda erradicada
el hambre por decreto
queda proscrita la existencia
de las usuales lacras de la sociedad
y el buen decoro
niños lombricientos o descalzos
madres solteras ganosas de ser madres
maricones pasivos o activos
borrachos sociales o consuetudinarios
ninfómanas de convicción
swingers por aburrimiento
pobres destinados a ser pobres
curas pensantes o piadosos
y cualquier oficio y profesión
de índole delictivo o libertario.

11
Necesité
poseer tus secretos
quise
oler tu esencia
y me marearon
los hedores
de sangre y mierda
¿cuánto tiempo
habré de esperar
para no palpitarte?
¿cuánta gente
todavía se esconderá
los días enteros
en los espejos?

21 diciembre, 2006

Escrito en piedra

Óscar Acosta

Yo vi, joven señora,
su bello cuerpo
entre las piedras
como una orquídea.

No había fuego entonces
al servicio del hombre,
ni dúctiles metales
mostraban al asombro
del primitivo ser
sus formas.

Ándabamos descalzos
como niños,
desnudos como peces
en el agua
y corríamos libres
como ágiles leopardos

Era el año dos mil
o cuatro mil
antes de Jesucristo.
Las tribus combatían
con pedernales,
con piedras
y cuchillos.

Antes de ir al combate
pinto estos signos
en la pared antigua
de una cálida cueva,
junto a otros símbolos
que mis antepasados
en ocasiones similares
escribieron.

Ignoro quién recogerá
estas frases.
Es posible que entonces
no seamos, tú y yo,
ni estática ceniza
ni barro sumergido.
Desde mi monarquía
compartida, te recuerdo.
Y si volvieras a nacer
te prometo que siempre
serías, como ahora lo eres,
mi mujer y mi reina.

II
En la mesa veo frutas,
agua en los cántaros,
peces con los ojos abiertos
en las cuerdas del patio,
el maíz calentándose en los cuartos.

El cazador soy yo,
el cazador que sale
en la noche a buscar
el alimento diario,
las hojas para el lecho,
la fibra para el manto,
la flor para tu pelo,
la piel para el zapato.

Hoy te traigo una flor
selvática, una luna caída,
un perfume barato,
yo quiero que la pongas
en tu pecho blanquísimo,
en tu seno cubierto
con cuero de venado.

Eso te traigo ahora,
compañera mía, ojo
para mi llanto.

III
Para ti las fúlgidas naranjas,
la dura carne de las ciruelas,
el azúcar mojado de la piña,
la suavísima daga del plátano,
la invicta blancura de la caña,
el agua limpia del cocotero,
el vello niño del durazno,
la división de la guanábana,
la aristocracia de la manzana
y la tristeza de la guayaba.

Para ti todo eso con la mano
que recoge en el monte la fruta,
la deja en la mesa de cedro
y la corta todas las mañanas.

El rostro

Óscar Acosta

De tu rostro purísimo y resplandeciente
surge una luz silenciosa
que todo lo desnuda, descubre
paraísos y mares de ceniza,
oculta sombras con su bella campana
y vuela como un pájaro.
Olvidar tu rostro es ahogar el corazón,
tratar de ignorarlo es vivir
a ciegas, dando tumbos;
no es necesario volver a decir
que tu rostro nos promete un reino
en un universo inmóvil y destruido.

Como en los cuentos de duendes zapateros…

Rosana Acquaroni

Como en los cuentos de duendes zapateros
ella
lo hace por mí.
Ella,
la que desclava mis palabras,
hace el trabajo sucio
para luego
comerse mis perdices.

De Lámparas de arena (2000)

El fuego

Óscar Acosta

Frotó el indio la yesca,
el pedernal, el pino
con otro pino viejo,
la madera, las hojas
de roble, la corteza
de los ceibos caídos,
el cuerpo del animal
salvaje, el carbón
mineral endurecido.

El mundo cambió entonces
otro espejo movible
que no era el del agua,
alzó su brazo rojo
en la espesa maleza,
en el ámbito crudo
de miles de años
a la sombra, iluminados
solamente por el rayo
o por el centelleo
de los lúcidos ojos
de las fieras.

Tú te callaste entonces
viendo crecer la lengua
clarísima, la llama
que levantó su lanza,
su corona de espinas
y que lamió la noche
como animal salvaje.
Ante tu limpio rostro
de indígena doncella
nacía otro milagro:
el milagro del fuego.

Una ya vieja tarde…

Víctor Roura

Una ya vieja tarde
me entretuve dialogando con el viento.

Sus respuestas,
airadas y cortantes,
hicieron aún más sola mi soledad.

Tomado de Madrugada (2006)

Guitarra negra

(Poema por milonga)

Alfredo Zitarrosa


Introducción
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra.
Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía,
cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente, tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro, tus parientes cantores, tus tres almas, conversadoras como niñas,
cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan,
cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos,
cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte, de ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas.

Allanamiento
Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa.
Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco.
Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma.
Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo, las encomiendas por la Onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables.
Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión.
Y no halló nada.
No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre ni a mi madre, ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin, ni al Príncipe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie.
Ni a los muertos Fernández más recientes.
A mí tampoco me encontró.
Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida.
Pasé frente al Nocturno y la vida había pintado unos carteles.
Pregunté en una esquina por la hora, y en la bolsa del hombre que me dijo la hora iba la vida, junto con su almuerzo.
Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas
y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa, por todas las ventanas de todo el barrio, por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles, por todas las ventanas de los hospitales la noche entrará, cabeceando, saltará para adentro, sombra a sombra a la luz del farol
y se echará en el piso como un perro
y aguardará hasta la madrugada.
Hoy
dejaré las puertas y las ventanas de mi casa abiertas para siempre.

La casa
Mi corazón está mejor sitiado que mi casa,
mi casa, más cercada que mi barrio,
mi barrio, cercado por mi pueblo.
En mi barrio vive el presidente, cercado por un muro casi derrumbado.

Uruguay for export
Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res.
Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento,
balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita.
Ahí se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto y por qué duele qué parte de quién que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habían dolido y que eran tantas partes, tan extensas
y que pastando nunca había dolido
haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva, que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros
y nunca habían dolido.
Ya está colgada.
Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo.
Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: “Uruguay for export”.
Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico.
Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho
y cayó detrás, también, y el cemento tembló bajo esos huesos.
Aquella otra res, que esquivó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, deshecha, también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res murió temblando de dolor y de miedo,
de un marronazo en plena frente.
“For export” del Uruguay...

Flor show (por vals)
En la punta del agua
una flor blanca, luminosa, de quince dólares, se hace chispa, se abulta, se diluye, chorrea entre otras flores más pequeñas, llora, se agita, la catapulta el chorro de agua y sube como bola en el aire.
Está naciendo siempre, mientras el agua canta en esa fuente de la boîte.
Entre aplausitos, al compás de la orquesta, blanda flor blanca, acuosa, nostalgiosa en el aire,
subida en los aplausos como espitada, hendida, empitonada,
gime y llora en la noche, tira estrellas bailando bajo el humo, renace, llora por el chorro azul-blanco de la fuente como si fuera planta que la cría y que no es
Y sin embargo, así seguirá abriéndose, muriendo, hinchándose y flotando, mientras dure en la noche, su belleza infantil de ingeniería, su blando corazón bajo el foquillo fijo y lechoso.
El gringo, el chorro de agua a precio, el aire de importación, esas hembras, el mozo, esos señores.

Mis alas
Hace un buen rato ya que doy trabajo y vengo acostumbrándome al desuso de mi alma, a la razón del enemigo, a mis sesenta cigarrillos diarios, a las malas costumbres de mis canciones, que de algún modo siempre fueron nuestras, vos lo sabés, Guitarra Negra.
Hoy reanudo en un cómico enderezo la hora de ayer parada en su nostalgia. Me hacen sufrir las alas que me puse para volar, mas grito y se alzan, gimo y me acompañan, río y baten de a dos, como que están amándose y se odian sin embargo mis dos alas,
se odian, se enderezan, se hacen amigas mías para llevarme por todas partes: allá está la canción, aquí la nada,
más allá el pueblo y más acá el Amor.
Pero el pueblo está también más acá
y antes estaba allá también, detrás del pueblo el pueblo.
Hemos viajado por todos mis caprichos y el pueblo hozando el piso, amándose con alas como las mías,
odiando su destino, odiándome y amándome sin alas, con millones de pies, con manos y cabezas y lenguas,
y sus mil bocas dicen: “ahora, la suerte ya está echada”

La mariposa
La mariposa viene hacia mí en la calle, en el aire húmedo, por el aire húmedo bailando, por el aire agobiante, ominoso, bailando en el aire caliente,
y yo vi que no era a mí a quien buscaba sino a la muerte,
y que no buscaba la muerte también vi, porque no era mariposa de la ciudad de hierro, ni nacida para eso,
sino que era mariposa nada más, en la ciudad, presa y ya muerta de antemano, fatalmente,
buscando en ese bailar loco y frágil un ala, un grano, una pizca de polen en el cemento.
Porque la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida de muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida ya bebida.
Eso no es tan triste.
Triste es ver su cadena de huevos en el hollín, depositados junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento.
Su cadena de huevos de seda.

Hago falta
Hago falta.
Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy.
Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera.
Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado.
Falta mi cara en la gráfica del pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo,
los ojos míos en la contemplación del mañana,
mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.

Exhortación y propósitos
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra, guitarra negra.
Dice Enrique, mi hermano, que hay cierto perro hundido que se lame mansamente y nos lame, lamiéndose, una herida quieta allá al fondo, sentado en su escalón.
Y dice más mi hermano, el otro Enrique, en Praga: dice que amarte con certeza, hacerte enteramente hembra, darte lo que de vida tengan mis urgencias será amar más y más a Jaime; amarlo, más de veras,
por su alma, su propio perro mordedor bajo el garrote, el cable, el puñetazo, la bolsa de arpillera, el plantón y el insulto,
la olvidada mejilla que no ponen ni él ni nadie a golpear,
sino con hambre y Rita y José Luis, por Gerardo y Raúl y Rosa y Sara y Mauricio
y por todos nuestros muertos.
Y he sabido, guitarra, que este otro perro que criaste, ladrador, campesino, a veces manso o vigilante, que roe su propio hueso en la penumbra y gruñe,
cual casi todo perro popular, vagará por tus anchas veredas, tus milongas sangrantes
hasta morir también
tal vez un día
de soledad y rabia
de ternura
o de algún violento amor;
de amor,
sin duda.

20 diciembre, 2006

La zambullida

Ezra Pound

Querría bañarme en extrañeza:
estas comodidades amontonadas encima de mí,
¡me asfixian!
¡Me quemo, ardo en deseos de algo nuevo,
amigos nuevos, caras nuevas y lugares!
Oh, estar lejos de todo esto,
esto que es todo lo que quise...salvo lo nuevo.
¡Y tú,amor, la que mucho, la que más he deseado!
¿Acaso no me repugnan todas las paredes,
las calles, las piedras,
todo el barro, la bruma, toda la niebla,
todas las clases de tráfico?
A ti, yo te querría
fluyendo encima de mí como el agua,
¡oh, pero fuera de aquí!
Hierba y praderas y colinas y sol
¡oh, suficiente sol!
¡Lejos y a solas, en medio de gente extraña!

Uno dice

Mario Zetino

Uno dice neblinas, sabe sueños,
oye luces lejanas con olor de palomas en la mañana verde,
sabe platas quemadas hacia viento y caballos,
pronuncia mariposas de vidrio y lo que entiende,
lo que cree que entiende del país de su sombra
y lo poco que sabe y lo que mucho que siente,
confundiendo palabras con relámpagos negros
que germinan y escapan y no dicen y queman,
que le queman la boca, las pupilas a uno
-que es uno y los que han sido y los que vienen-,
y no saben que uno no los sabe ni un poco,
aunque nazcan de uno y de sus muertes.

Uno surge huracanes de los dedos
cuando hay lluvia en el mundo y uno llueve.
Uno sabe que saben las palabras
una vida distinta de paredes,
que ya eran sin uno,
que fueron porque uno las habitó de hélices,
y que van a quedar cuando uno,
aunque uno no quiera,
no quede.

Uno dice silencios de fuego.
Uno quiere decir y no puede.
Uno sabe el Abismo.
Eso es todo.
Uno dice y no entiende.
Eso duele.

Pero eso no importa.
Uno dice.
Eso es suficiente.


Tomado del blog del autor (aquí)

17 diciembre, 2006

Últimos auxilios

Ángeles Carbajal

Al final caemos solitarios
junto a otros solitarios.
Sobre el puente levadizo de la noche
cruza la luna y parece esconder
su cara de exilio y contrabando;
cruza la luna y se lleva tus ojos,
y de repente tus ojos
son disparos al aire, pero yo,
que ya soy apenas nada más
que aire, no muero.

Áspera ciudad de angustia,
inventaré esta noche
una forma de melancolía
en tus húmedos lagos,
donde beben nebulosas
y yo tiemblo.

Y caeré en tus brazos
para que me rescate el frío
y apriete mi abandono
a su pertinaz respiración boca a boca.

Una hoja de hierba

Walt Whitman

Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar,
los salones del paraíso,
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas,
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar,
a seis trillones de infieles.

Descubro que en mí,
se incorporaron, el gneiss y el carbón,
el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
Que estoy estucado totalmente
con los cuadrúpedos y los pájaros,
que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos
y que puedo hacerlo volver atrás,
y hacia mí, cuando quiera.
Es vano acelerar la vergüenza,
es vano que las plutónicas rocas,
me envíen su calor al acercarme,
es vano que el mastodonte se retrase,
y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
es vano que se alejen los objetos muchas leguas
y asuman formas multitudinales,
es vano que el océano esculpa calaveras
y se oculten en ellas los monstruos marinos,
es vano que el aguilucho
use de morada el cielo,
es vano que la serpiente se deslice
entre lianas y troncos,
es vano que el reno huya
refugiándose en lo recóndito del bosque,
es vano que las morsas se dirijan al norte
al Labrador.
Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido
en la fisura del peñasco.

Versión de León Felipe

¡Oh capitán, mi capitán!

Walt Whitman

¡Oh capitán, mi capitán!:
nuestro azaroso viaje ha terminado.
Al fin venció la nave y el premio fue ganado.
Ya el puerto se halla próximo,
ya se oye la campana
y ver se puede el pueblo que entre vítores,
con la mirada sigue la nao soberana.
Mas ¿no ves, corazón, oh corazón,
cómo los hilos rojos van rodando
sobre el puente en el cual mi capitán
permanece extendido, helado y muerto?

¡Oh capitán, mi capitán!:
levántate aguerrido y escucha cual te llaman
tropeles de campanas.
Por ti se izan banderas y los clarines claman.
Son para ti los ramos, las coronas, las cintas.

Por ti la multitud se arremolina,
por ti llora, por ti su alma llamea
y la mirada ansiosa, con verte, se recrea.

¡Oh capitán!, ¡mi padre amado!
Voy mi brazo a poner sobre tu cuello.
Es sólo una ilusión que en este puente
te encuentres extendido, helado y muerto.

Mi padre no responde.
Sus labios no se mueven.
Está pálido, pálido. Casi sin pulso, inerte.
No puede ya animarle mi ansioso brazo fuerte.
Anclada está la nave: su ruta ha concluido.
Feliz entra en el puerto de vuelta de su viaje.
La nave ya ha vencido la furia del oleaje.
¡Oh playas, alegraos!; sonad, claras campanas
en tanto que camino con paso triste, incierto,
por el puente do está mi capitán
para siempre extendido, helado y muerto.


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